viernes, 5 de septiembre de 2008

Instante.

La responsabilidad, toda junta, cayó sobre sus espaldas, y en sus pies. Cargando con ella, y con sus nervios, corrió con desesperación. Levantó la cabeza. Estaba solo.
Siguió avanzando, con los pensamientos cada vez más acelerados, igual sus piernas. Encandilado por las luces, sintió los murmullos llegar de los alrededores, de todas partes a raudales, y la tensión recrudeció. Muchos deseaban su éxito, pensó él, tantos otros su rotundo fracaso. Ahí mismo conoció la esperanza, y el miedo.
La sensación se interrumpió. El camino le presentaba un obstáculo. No había tiempo para meditar. Mantuvo el ritmo, no pensaba dar un paso atrás.
Todo lo demás desapareció. Sólo estaba él, su meta y su talento. No importaban las trabas, ni los murmullos (cada vez más intensos). Era ligero como el aire y letal como un arma y por eso habían confiado en él. El enfrentamiento era inminente, y, en una maniobra sutil, salió triunfante. El murmullo fue entonces un grito atronador y su sangre hirvió. Había sentido la pasión.
Pero luego de ese instante todo fue dolor. Estaba herido, herido por la espalda, y todo en él se ahogó en desesperanza, bronca y frustración. Había conocido la traición. Sin embargo, le resultó imposible odiar a quien, desesperado, había intentado detenerlo atentando contra él… mientras caía, impotente, sintió compasión. Alzó la vista nuevamente. Estaba todo tan cerca…
No… no podía terminar así. Algo dentro de él surgió con rabia. Ya no estaba nervioso, era pura voluntad y no podían doblegarlo. Sobreponiéndose tenazmente, avanzó trastabillando y, antes de caer al piso, pasó la pelota por encima del arquero que, a toda velocidad, había salido a achicar.
El ruido lo ensordeció. Había hecho el gol de su vida.

No hay comentarios: